A Federico, con unas violetasThis is a featured page

Para Juan Carlos Rodríguez
Mas no pueden pasar sobre esa sombra
Algunas violetas,
Y es grato así dejarlas,
Frescas entre la niebla...

(I)
Has llegado de nuevo.Te esperaba
para tenderte el brazo perdido de los humos.
La curva de los muelles, la soledad ajena
de Columbia University
y esta ceniza fría
en los párpados rotos
de la ciudad sin sueño

Imagínate ahora
aquel cielo cansado,
aquellos ojos tuyos
de mil novecientos veintinueve,
extrabiados entonces,
recorriendo los puentes
con un gesto sin fondo.

En este Sur
de vigas y de luces
pues llegar la muerte una mañana,
pero estraña
las esperiencia que tiene la historia entre sus muslos
de milenario amor,
paciente amor salvaje
contra todos nosotros.

Imagínate ahora
los andamios,
la habitación vacía y el deseo
hundido como un barco
que buscara el suicidio.

Has llegado hasta Harlem,
bajo el sordo rumor de los moteros
vas a quedarte mudo,
con tu sudor a solas, con el miedo,
para ver como cierra los ajos de la muerte
cómo besa los labios de su último amante.
Era mil novecientos veintenueve.
No debió ser extraño,
porque estaba allí después de todo,
sobre el turbio desagüe de la vida.

(II)
Y recuerdo una brisa triste por los olivos.
F.G.L Después de la prisa cansada de los últimos trenes nada vuelve. Sólo queda tu rostro sobre Brodway y es difícil, de tanta soledad, cerrar los ojos sin dudar que exsiste. Absurda esta lengua de fuego que parte del horizonte, que se extiende indomable sobre los corazones, multiforme y herida, que revienta y perece la sonrisa forzada de una máscara rota. Sola la ciudad se disfraza en un escalofrío y sus ojos te apuntan lineados y ciegos como un rastro de dientes que se olvide en
[los hombros.
Entonces el alcohol es la sangre que desnuda los labios, porque viene la noche, porque llega la muerte sobre un brazo doblado para dejarte a solas con tus años. Triste por los olivos, mientras Harlem entorna sus ventanas, el tiempo es una brisa que ya nadie recuerda.
(III)
Aquí, después de tantos años y una guerra, todo es como entonces. En la voz aguardiente de los tiempos el horario es el mismo, los abrazos cansados siguen llegando tarde y la vida entristece como un golpe de niebla escondido en las manos. Aquellos ojos nuestros esperan ser tendidos sobre mil novecientos diecisiete corazones en sitio. Ya ves, sólo decirte que es posible la vida, que me espera como una herida abierta sobre otra bocana, para surgir debajo de los números, romper la soledad, tomar la calle y disponer las fechas en su sitio. Hoy no puede pesar sobre esta sombra un ramo de violetas, y es dulce así dejarlas frescas entre la niebla con un rumor de cuerpos que no cesa y esta lágrima extraña qur llamamos historia.


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