Desde el caos inicial, una mañana
desperté. Los colores rebullían.
Mas tiernos monstruos ruidos me decían:
«mamá», «tata», «guaguau», «Carlitos», «Ana».
Todo - «Vivir», «amar» - frente a mi gana,
como un orden de vínculos prendían.
Y hombre fui. ¿Dios? Las cosas me servían;
yo hice el mundo en mi lengua castellana.
Crear, hablar, pensar todo es un mismo
mundo anhelado, en el que, una a una,
fluctúan las palabras como olas.
Cae la tarde, y vislumbro ya el abismo.
Adiós, mundo, palabras de mi cuna;
adiós, mis dulces voces españolas.
Tres sonetos sobre la lengua castellana, 1958